Seguramente no tiene nada que ver una cosa con la otra si tan solo atendemos a la acción en sí. Igual ocurre cuando comparamos algo tan dispar como correr una maratón y estudiar unas oposiciones. Son cosas diferentes pero que comparten valores e ingredientes comunes que facilitan posicionarlas en un plano de igualdad.

De igual forma, cocinar y educar  son conceptos completamente diferentes y que no están enlazados entre sí, pero que  comparten aspectos comunes.

¿Y qué pueden tener en común preparar un asado al horno con educar a tu hijo?

Recuerda ese día que quisiste preparar la misma receta que habías visto en televisión, en tu libro de cocina o repetir lo que tan bien le sale a tu madre.

Te quedas a solas con todos tus ingredientes, preparados con esmero, cariño y dedicación y comienzas a seguir los mismos pasos que te dice la receta, sin improvisar demasiado porque es la primera vez que vas a hacer este plato y necesitas una referencia.

Cuando lo tienes todo a punto, introduces en el horno todo lo que has elaborado, con el convencimiento de que lo has hecho lo mejor que sabías y podías en ese momento, no solo por lo recursos con los que contabas sino principalmente por el poco tiempo que tenías. La suerte está echada, tú has hecho lo que estaba en tu mano, el resto es cosa del asado.

Y efectivamente, cuando tras un rato de nerviosismo vuelves a mirar el horno, cualquier parecido entre tu recuerdo y la realidad chamuscada que ves es pura ficción.

Entonces, decides algo que será crucial para el futuro de ese plato: tirar lo que has cocinado y no volver a intentarlo jamás o analizar bien lo que ha pasado y no cometer los mismos errores la próxima vez, integrando aprendizajes que serán vitales en una nueva oportunidad.

Repasemos algunos puntos coincidentes.

Recetario

Tanto cuando vas a preparar un plato como cuando solucionas conflictos familiares precisas acudir a tu «libro de recetas», conformado por aquello que te han enseñado, tus propios aprendizajes, comportamientos y vivencias, así como por las experiencias y creencias personales. Cuando tu expectativa de resultado y la realidad que consigues se parecen, te sientes mejor y sobre todo con la seguridad de seguir actuando así.

Pero cuando el asado se quema o tu hijo no reacciona como esperabas es cuando necesitamos hacer algo distinto, salir de esa «zona de confort» que nos ofrecen las mismas estrategias educativas que usamos en forma de sermones, castigos o chantajes emocionales para aventurarnos por una senda desconocida, sinuosa y sin duda incómoda. El camino de siempre ya sabes dónde te lleva. Para seguir un nuevo recetario, lo primordial es conocer los ingredientes.

Ingredientes

El asado se ha quemado y en poco se parece a aquel plato que flota en tus sentidos. Para acercarte a ese ideal que tienes en la cabeza deberás repasar los ingredientes utilizados en la elaboración. Así, comprendes que quizá el horno estaba demasiado caliente, has puesto poco aceite o has alterado el orden de algún elemento básico.

Con nuestros hijos, en la educación, también es bueno que repasemos este listado de ingredientes. Aquí van algunos:

  1. Corregir y buscar soluciones.
  2. Nivel de escucha activa y empatía.
  3. Constancia y paciencia.
  4. Evaluar la temperatura emocional tuya y de tu hijo.
  5. Entender y aceptar los sentimientos y emociones.

Orden

Imagínate que tienes dos productos alimenticios con diferente nivel de cocción y los metes a la vez en el horno por el mismo tiempo. Seguramente ocurrirá que uno saldrá a punto y el otro aún no estará.

Con nuestros retos familiares hemos de pensar de igual manera. Si ya sabes los ingredientes que utilizas, la clave ahora es ordenarlos por orden de importancia. Si lo que quieres conseguir es que tu hijo aprenda algo de lo que ha ocurrido y que tus palabras tengan un carácter educativo: ¿qué orden le darías a los 5 ingredientes arriba citados?

Por el contrario, si lo que quieres es demostrar en ese momento tu autoridad, mételo todo en el horno, sin preocuparte por el orden, pero no te olvides de preguntarle a todos los miembros de la familia si están satisfechos con el resultado.

Soluciones

Para terminar, está claro que cuando nos quedamos solos ante el peligro, actuamos todos de la mejor manera que sabemos y podemos, exprimiendo al máximo nuestros propios recursos y acudiendo a esas enseñanzas y creencias que hemos heredado o adquirido a través de los años.

Pero a veces, esos recursos no son suficientes y tenemos que buscar estrategias alternativas para lograr que nuestro hijo “empiece a hacer” o “deje de portarse mal”.

Estrategias que yo he logrado ampliar gracias al Coaching familiar, la Disciplina Positiva o la Inteligencia Emocional, en donde lo importante no va a ser que tu hijo deje de comportarse “mal”, sino averiguar el motivo y la creencia que esconde ese comportamiento. Lo importante no va a ser ganar el pulso por tener más autoridad sino ayudarle a integrar esa habilidad de la que carece y que provoca que reaccione de la única forma que sabe. El también prueba estrategias diferentes.

Te animo a que te pongas en el lugar de tu hijo y que intentaras responder por él a las siguientes preguntas, relacionadas con cualquier discusión:

  • ¿Qué cosas te gustaría que te dijera que no te digo?
  • ¿Qué cosas te gustaría que no te dijera que te digo?

Porque te respondas lo que te respondas, por muchas similitudes que encontremos entre cocinar y educar, hay una cosa que los separa: tú nunca podrás tirar los malos modos a la basura. Recuerda siempre que un mal comportamiento va siempre acompañado de falta de motivación. ¡Empieza por echarle sal y pimienta y verás los primeros cambios!

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